Los pájaros cantan desde los árboles más altos. Las flores se abalanzan
sobre el aire saturándolo de aromas simples. El cielo abraza al mundo en
un horizonte no tan lejano. ¿Por qué me parece que la naturaleza es un
grito silencioso de esperanzas nuevas?
+ Porque es el cumpleaños de María Santísima- recuerda a mi alma la voz fuerte y serena del Ángel Gabriel.
-
¡Ay! Torpe de mí, que lo he olvidado- y es otro olvido que se suma a
tantos... Éstos son los olvidos que van poniendo gris el alma.
+
No desesperes, amiga- Sonríe Gabriel, para que recuerde que la
misericordia de Dios me envuelve y protege cuando más la imploro.- No
desesperes, pues aún tienes tiempo de llegar a la gran fiesta.
- ¿Fiesta?¿Acaso en la parroquia....?
+ No te hablo de esas fiestas, sino de la que el Espíritu
Santo prepara cada año para su fidelísima esposa.
- ¡Ah! Pero, amigo ¿Cómo voy yo a asistir a semejante fiesta? No, no soy digna...
Gabriel queda en silencio. Busca palabras y gestos para llegar a mi corazón.
+
Verás. El cumpleaños de María es, en el Reino Celestial, una muy
hermosa fiesta. Todos los ángeles suspiramos de amor por el nacimiento
de la Llena de Gracia. Todos los jardines eternos se inundan de canto:
¡Salve, Salve María!. La Santísima Trinidad se dispone a regalarle lo
que más desea su corazón de Madre: Una gran mesa rodeada de todos sus
hijos, precedida por Jesús... Y cuando digo “todos” significa “todos”.
- O sea que... yo...¿Podría asistir?
+ Claro que sí. Tu Madre te espera. No estaría completa sin ti. No estará completa si falta solo uno de sus
hijos.
- Y ¿ Cómo llego?¿Cuál es el camino?.
+ El camino,
amiga, parte de tu corazón. Nace de un sincero deseo de acercarse a
Ella. Recuerda que puede ver tu corazón y conoce tus intenciones.
-
Gracias, amigo. Pediré al Señor aumente mi fe y mi amor y me dé la
gracia necesaria para desear estar siempre en la preciosa compañía de mi
Madre. Pero aún no comprendo cómo llegaré al banquete, ni cómo he de ir
presentada, ni cuáles regalos puedo llevar.
+ Es muy importante
tu pregunta, por lo que la responderé por partes. Primero me preguntas
dónde. Mira, la mejor de las madres jamás se aparta del mejor de los
hijos. ¿Dónde hallas al Hijo?
- Pues.. en la Eucaristía. ¡Claro!
Allí es el banquete. ¡La Santa Misa! ¡La tenía tan cerca y no me daba
cuenta!.
Entonces.. compartiremos los hermanos “el manjar más codiciado, este pan
angelical” como dice esa canción que tanto me gusta. Gracias amigo por
ayudarme a comprender.
+ También me preguntabas acerca de cómo ir
presentada. Es un punto muy importante. ¿Cómo irá tu alma al banquete?
Recuerda que el mismo Jesús te espera en el confesionario. Allí serás
preparada adecuadamente para tan precioso momento. En cuanto a los
presentes que puedes llevar a tu Madre ¿Cuál crees que le agradará más?
Me quedo en silencio. El mejor presente para María bien lo conozco. Pero temo no tenerlo en buenas condiciones.
-
Creo, Gabriel, que el mejor regalo para ella es darle mi corazón, mi
vida, todo mi ser, para que ella me conduzca a los brazos de su Hijo.
+
Así es... Mas no olvides que tu corazón debe ir acompañado
constantemente de la oración, una oración que es un diálogo hermoso con
“quien sabes que te ama”, como bien ha conocido Santa Teresa. Así, te
acercarás a ella con el alma plena de agradecimiento. Cuánto más sincero
sea tu agradecimiento más pronto llegará a su Inmaculado Corazón.
Después, ofrécele tu corazón así como está. Con llagas y dolores, con
tristezas y preguntas, con la sencilla alegría de tus días. Ella lo
tomará gustosa, lo protegerá con sus delicadas manos y, con sus besos
purísimos, curará todas sus llagas.
+ Luego... luego dile cuánto
la amas. Díselo por todas las veces que no se lo dijiste. Díselo por
todos los que no pudieron decírselo. Díselo también por todos los que no
supieron. Ella se alegrará y sentirás su abrazo en las profundidades de
tu
alma. Más, no te inquietes si pasea su mirada por los bancos vacíos de
la Parroquia. Quédate en silencio junto a Ella, para hacerle compañía.
Seguro te contará que, en su fiesta soñada, cada hijo estaría en su
banco... en el sitio que Ella le ha cuidado amorosamente.
+ Te
dirá que los espera todos los días, que les ve caminar por la vida entre
alegrías y tristezas, soledades y compañía, certezas y dudas. María
quisiera decirles cuánto les ama, por eso les esperará siempre junto a
los bancos vacíos.
El ángel Gabriel y yo nos quedamos en
silencio un rato. El corazón nos viaja por el mundo contemplando los
sitios que quedan vacíos en tantas misas. No soy juez de nadie, pues ni
siquiera puedo recordar los motivos por los que, mi propio sitio,
muchísimas veces estuvo vacío. Sé que, en cada lugar
vacío hay un dolor, una soledad, una distancia...
Gabriel se va
alejando entre las flores y los naranjos del patio de mi casa. Me queda
en el alma el recuerdo de este momento. De su invitación al cumpleaños
de María.
Tomo papel y lápiz. Transformo en letras los sentimientos que me desbordan el corazón.
Te
dejo este relato, María querida, como un regalo más en tu cumpleaños.
También lo mandaré a mis amigos, quizás le llegue al del banco vacío,
como un simple recordatorio de que hay un lugar en el mundo que tiene su
nombre, que no puede ser ocupado más que por él. Un lugar en el que le
espera su Madre Celestial para abrazarle, consolarle y amarle, como
nadie lo ha hecho jamás.
Feliz cumpleaños, Madre querida, te
abraza tu hija, la que muchas veces te dejó esperando... la que buscaba
la paz y la felicidad por otros caminos.
La que no sabía que tu tenías mil regalos perfumados, esperándola, en
silencio, junto a un banco vacío.
NOTA de la autora:
"Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón y en mi
imaginación por el amor que siento por ella, basados en lo que he leído.
Pero no debe pensarse que estos relatos sean consecuencia de
revelaciones o visiones o nada que se le parezca. El mismo relato habla
de "Cerrar los ojos y verla" o expresiones parecidas que aluden
exclusivamente a mi imaginación, sin intervención sobrenatural alguna."
Páginas
En la última aparición, octubre de 1917, la Virgen María dijo por fin su nombre: “Soy la Señora del Rosario”, y volvió a insistir en su recomendación: “Sigan rezando el rosario todos los días".
miércoles, 14 de septiembre de 2011
domingo, 11 de septiembre de 2011
María, Señora de Misericordia
Ha caído en mis manos una pequeña historia de la Merced, y me hace
ilusión dedicar este mensaje de hoy a la Virgen de la Merced, un nombre y
una advocación tan bellos de María, la que se apareció a San Pedro
Nolasco, la que sostuvo a San Ramón Nonato y liberó a tantos cautivos.
La llamaron de la Merced por haber usado de la máxima caridad con sus
hijos más necesitados.
Hay que trasladarse a la Europa de principios del siglo doce. El mar Mediterráneo estaba infestado de corsarios turcos y sarracenos, musulmanes fanáticos que asaltaban las embarcaciones, descendían en las costas, arrasaban casas y pueblos enteros, robaban, asesinaban, y, lo peor de todo, se llevaban cristianos al norte de Africa para venderlos como esclavos y hacerles apostatar de la fe. Ante la impotencia de las naciones cristianas, será la Virgen María, --la de siempre, la que es el Auxilio de los Cristianos--, quien intervenga, con mano suave, pero firme, y con corazón de Madre.
A un comerciante rico de Barcelona le preguntan ansiosos sus familiares y amigos:
- Pero, ¿qué estás haciendo, con eso de vender todos tus negocios y enseñar a ese grupo de muchachos a hacer lo mismo? ¿A qué viene el meterse en esas embarcaciones de moros con tanto peligro?
Y Pedro Nolasco, sin miedo ninguno, responde a todos:
- Nada. ¿Quieren ustedes venir también a rescatar de la morería a los cristianos que están esclavos? Necesito más voluntarios.
Ahora interviene la Virgen. Era la noche del 1 al 2 de Agosto de 1218. Estaba Pedro Nolasco en oración, cuando aparecen los primeros destellos de una luz celestial. Y empiezan a verse ángeles y más ángeles, que vienen rodeando a una Señora hermosísima, la cual le sonríe amorosa, y le dice:
- Lo que estás haciendo agrada mucho a Dios. No te desanimes. Yo te encargo ahora que fundes una Orden religiosa. Tus compañeros, imitando a mi Hijo Jesús, se entregarán a la salvación de sus hermanos, si es preciso hasta dándose en prenda por su rescate. Yo estaré con vosotros.
Pedro Nolasco no duda de la presencia de María, y comunica la visión al rey Don Jaime y al consejero real San Raimundo de Peñafort, los cuales hablan con el Obispo, que se queda pasmado:
- Pero, ¿es verdad lo que me dicen? Si es así, yo pongo el habito a esos valientes.
Con la protección de María y la misión del Obispo, Pedro Nolasco y sus compañeros se lanzan a una empresa sin igual.
Pronto se les agrega Ramón Nonato, valiente como ninguno. Se ordena de sacerdote, y marcha al norte del Africa a rescatar cautivos. Lo da todo, se queda sin un centavo, y se pregunta:
- ¿Y qué hago ahora?
El amor es ingenioso, y le dicta una resolución heroica. No pudiendo rescatar más esclavos, porque ya no tiene un centavo, se presenta decidido ante aquel dueño:
- Aquí me tiene. Me vendo como esclavo. ¿Cuánto paga por mí?
El rico no suelta dinero, y le ofrece con desdén:
- La libertad de otro esclavo.
- ¡Aceptado!...
Y, al convertirse Ramón en esclavo, se da con ardor a predicar a los otros cautivos la fe cristiana. Pero sus nuevos dueños, para que no hable más, le cierran la boca con un candado. Ocho meses dura su cautiverio y su martirio.
Al llegar el dinero para su rescate, es liberado y devuelto a España. En Barcelona se le hace un recibimiento triunfal. Y el Papa Gregorio IX le llama para hacerlo Cardenal, aunque muere apenas inicia el camino hacia Roma.
Bonita historia, que tanto nos dice hoy. Mientras haya hombres, hermanos nuestros, esclavos de otros hombres, que los tiranizan injustamente, siempre la Virgen de la Merced tendrá una palabra para ellos.
Mientras haya hombres, hermanos nuestros, que se han hecho ellos mismos cautivos de un vicio cualquiera, la Virgen tendrá para ellos un latido de su corazón maternal.
Mientras haya una sola persona que sufre, la Virgen tendrá que desempeñar su oficio de liberadora del dolor.
Son cautivos --justa o injustamente, para nosotros es igual-- tantos presos, que, en las cárceles de nuestros países, no tienen condiciones de vida dignas de una persona humana.
Son cautivos de la sociedad tantos niños que pululan desarrapados por nuestras calles, ladronzuelos en tan tierna edad, sin hogar, sin escuela, sin esperanza de un puesto digno entre la ciudadanía.
Son cautivas tantas mujeres, que no acaban de liberarse de las mil esclavitudes a que se han visto sujetas durante siglos, y que esperan liberación.
Son cautivas tantas personas en su propio hogar, cuando en él falta el amor, y falla el marido o falla la esposa y madre, convirtiendo la casa en una cárcel o poco menos.
Nosotros somos cautivos de nosotros mismos cuando no acabamos de romper lazos --fuertes como sogas o finos como hilos de seda-- que nos impiden volar libres hacia Dios.
¡Virgen de la Merced, ya ves que aún te queda algo que hacer en el mundo! Aún hay muchos esclavos que gimen entre cadenas y encerrados en prisiones tenebrosas. Si quieres liberar a tus hijos cautivos, sirviéndote de nosotros, aquí nos tienes, instrumentos fieles en tus manos de Madre.
Hay que trasladarse a la Europa de principios del siglo doce. El mar Mediterráneo estaba infestado de corsarios turcos y sarracenos, musulmanes fanáticos que asaltaban las embarcaciones, descendían en las costas, arrasaban casas y pueblos enteros, robaban, asesinaban, y, lo peor de todo, se llevaban cristianos al norte de Africa para venderlos como esclavos y hacerles apostatar de la fe. Ante la impotencia de las naciones cristianas, será la Virgen María, --la de siempre, la que es el Auxilio de los Cristianos--, quien intervenga, con mano suave, pero firme, y con corazón de Madre.
A un comerciante rico de Barcelona le preguntan ansiosos sus familiares y amigos:
- Pero, ¿qué estás haciendo, con eso de vender todos tus negocios y enseñar a ese grupo de muchachos a hacer lo mismo? ¿A qué viene el meterse en esas embarcaciones de moros con tanto peligro?
Y Pedro Nolasco, sin miedo ninguno, responde a todos:
- Nada. ¿Quieren ustedes venir también a rescatar de la morería a los cristianos que están esclavos? Necesito más voluntarios.
Ahora interviene la Virgen. Era la noche del 1 al 2 de Agosto de 1218. Estaba Pedro Nolasco en oración, cuando aparecen los primeros destellos de una luz celestial. Y empiezan a verse ángeles y más ángeles, que vienen rodeando a una Señora hermosísima, la cual le sonríe amorosa, y le dice:
- Lo que estás haciendo agrada mucho a Dios. No te desanimes. Yo te encargo ahora que fundes una Orden religiosa. Tus compañeros, imitando a mi Hijo Jesús, se entregarán a la salvación de sus hermanos, si es preciso hasta dándose en prenda por su rescate. Yo estaré con vosotros.
Pedro Nolasco no duda de la presencia de María, y comunica la visión al rey Don Jaime y al consejero real San Raimundo de Peñafort, los cuales hablan con el Obispo, que se queda pasmado:
- Pero, ¿es verdad lo que me dicen? Si es así, yo pongo el habito a esos valientes.
Con la protección de María y la misión del Obispo, Pedro Nolasco y sus compañeros se lanzan a una empresa sin igual.
Pronto se les agrega Ramón Nonato, valiente como ninguno. Se ordena de sacerdote, y marcha al norte del Africa a rescatar cautivos. Lo da todo, se queda sin un centavo, y se pregunta:
- ¿Y qué hago ahora?
El amor es ingenioso, y le dicta una resolución heroica. No pudiendo rescatar más esclavos, porque ya no tiene un centavo, se presenta decidido ante aquel dueño:
- Aquí me tiene. Me vendo como esclavo. ¿Cuánto paga por mí?
El rico no suelta dinero, y le ofrece con desdén:
- La libertad de otro esclavo.
- ¡Aceptado!...
Y, al convertirse Ramón en esclavo, se da con ardor a predicar a los otros cautivos la fe cristiana. Pero sus nuevos dueños, para que no hable más, le cierran la boca con un candado. Ocho meses dura su cautiverio y su martirio.
Al llegar el dinero para su rescate, es liberado y devuelto a España. En Barcelona se le hace un recibimiento triunfal. Y el Papa Gregorio IX le llama para hacerlo Cardenal, aunque muere apenas inicia el camino hacia Roma.
Bonita historia, que tanto nos dice hoy. Mientras haya hombres, hermanos nuestros, esclavos de otros hombres, que los tiranizan injustamente, siempre la Virgen de la Merced tendrá una palabra para ellos.
Mientras haya hombres, hermanos nuestros, que se han hecho ellos mismos cautivos de un vicio cualquiera, la Virgen tendrá para ellos un latido de su corazón maternal.
Mientras haya una sola persona que sufre, la Virgen tendrá que desempeñar su oficio de liberadora del dolor.
Son cautivos --justa o injustamente, para nosotros es igual-- tantos presos, que, en las cárceles de nuestros países, no tienen condiciones de vida dignas de una persona humana.
Son cautivos de la sociedad tantos niños que pululan desarrapados por nuestras calles, ladronzuelos en tan tierna edad, sin hogar, sin escuela, sin esperanza de un puesto digno entre la ciudadanía.
Son cautivas tantas mujeres, que no acaban de liberarse de las mil esclavitudes a que se han visto sujetas durante siglos, y que esperan liberación.
Son cautivas tantas personas en su propio hogar, cuando en él falta el amor, y falla el marido o falla la esposa y madre, convirtiendo la casa en una cárcel o poco menos.
Nosotros somos cautivos de nosotros mismos cuando no acabamos de romper lazos --fuertes como sogas o finos como hilos de seda-- que nos impiden volar libres hacia Dios.
¡Virgen de la Merced, ya ves que aún te queda algo que hacer en el mundo! Aún hay muchos esclavos que gimen entre cadenas y encerrados en prisiones tenebrosas. Si quieres liberar a tus hijos cautivos, sirviéndote de nosotros, aquí nos tienes, instrumentos fieles en tus manos de Madre.
Autor: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
miércoles, 7 de septiembre de 2011
CUENTOS PARA NIÑOS - UN ROSARIO ENCONTRADO EN EL BOSQUE
Aquel bosque había sido
siempre muy atrayente. Sus árboles centenarios, cuyas hojas filtraban
los rayos del sol, y su ambiente de misterio creaban el escenario
perfecto para las diversiones de los niños de la aldea, amantes de la
aventura. Era habitual, sobre todo en vacaciones o los fines de semana,
verlos correr por todas partes y perderse entre las sombras de la
vegetación, mientras de lejos se escuchaba resonar su alegre griterío.
Allí se habían refugiado,
durante la guerra, los soldados de la retaguardia. Por eso, no era raro
encontrar casquillos de bala, restos de pólvora o plomo y otros
pertrechos, lo que para los niños hacía de ese lugar un sitio aún más
fascinante.
Un día, un par de amigos
—Mario y Alejandro— se encontraban paseando entre los árboles en busca
de algo nuevo. Habían sido compañeros en la escuela y siempre pasaban
juntos las vacaciones. El primero todavía vivía en la aldea, pero el
otro se había mudado con su familia a la capital. Andaban conversando
animadamente sobre cuál sería el futuro de cada uno. Después de todo, ya
estaban terminando los estudios secundarios y quizá no volverían a
encontrarse.
— Yo voy a ser médico, dijo
Alejandro. Me estoy aplicando para entrar en la Universidad. Quiero
ayudar a la gente. Me conmovió ver cómo sufrían los soldados durante la
guerra por no tener a un doctor que les auxiliara.
Y tú, ¿ya te has decidido?
— Todavía no..., le respondió Mario.
— ¡Pero bueno! Si ya estás terminando el instituto. Tendrás que tomar una determinación.
— A mí también me gustaría elegir una profesión que ayudara a las personas, pero la Medicina no me atrae
Andaban despacio y la conversación iba alcanzado un clima de reflexión.
De pronto, se fijaron que
algo brillaba en un arbusto e instintivamente ambos aceleraron el paso.
Era un rosario de madera, desgastado por el uso, cuya cruz de metal
relucía a la luz del sol.
— ¡Mira, es un rosario!, exclamó Mario, mientras lo cogía y besaba su crucifijo.
— ¡Va, si es un rosario ordinario!, le retrucó Alejandro.
— Un rosario, por muy
simple que sea, nunca es ordinario, le reprendió su amigo. Debemos
buscar a su dueño, porque tiene que estar muy triste por haberlo
perdido.
Alejandro intentaba
disuadirlo, pues la aldea no era tan pequeña… y además que podría
pertenecer a uno de los miles de soldados que por allí habían pasado
durante la guerra. Mario decidió entonces llevarlo a la ermita que
estaba en el centro del bosque y depositarlo a los pies de una imagen de
la Virgen. Quién sabe si el que lo había extraviado no iría a buscarlo
ahí.
Cuando llegaron a la
ermita, Mario le pidió a su amigo que entrara con él para que juntos
rezaran a María Santísima, como siempre lo habían hecho, pero Alejandro
no quiso acompañarle. Prefirió esperarle afuera, contemplando… las
maravillas de la naturaleza.
Habían pasado cinco minutos desde que Mario había entrado.
Quince minutos. ¡Media hora! ¡Y no daba la impresión de que fuera a salir…!
Alejandro estaba impaciente y se preguntaba qué estaría haciendo tanto tiempo dentro de la ermita.
Finalmente, apareció. Y venía sonriendo, como iluminado.
— ¿Pero qué te ha pasado? ¿Por qué has tardado tanto?
— Ya he decidido lo que voy a ser: sacerdote.
— ¿Cómo? ¿Qué ideas son esas?
— Sí, tú serás médico de
cuerpos y yo médico de almas. Hoy he visto claramente, delante de
Nuestra Señora, cuál sería mi vocación y le he pedido que me ayude a
entrar enseguida en el seminario y me transforme en un sacerdote santo.
Alejandro no se atrevió a
decir nada más. Regresaron a casa de Mario y cuando se acabaron las
vacaciones cada cual siguió su camino: aquel entró en la Facultad de
Medicina y éste ingresó en el Seminario Diocesano. Ambos perdieron la
pista uno del otro.
Veinte años habían pasado cuando el padre Mario fue designado capellán del Hospital Modelo de la capital.
Allí se encontró con su
antiguo amigo, ahora un renombrado médico y cirujano. Había progresado
mucho profesionalmente, pero infelizmente se preocupaba tan sólo con
asuntos prácticos, sin darle importancia a la vida espiritual.
Un día, el sacerdote y el
doctor se encontraron en la habitación de un pobre enfermo que no paraba
de quejarse. Tras examinarle, el médico le dijo que no entendía el
motivo de aquellos lamentos. La enfermedad estaba remitiendo y no
existía una causa orgánica para los dolores que parecía le atormentaban.
— ¡Ay, ay! ¡Ay, doctor! Me voy a morir… y no tendré salvación, repetía el enfermo, angustiado.
El sacerdote se acercó para
intentar animarle, exhortándole a que tuviera confianza en la Madre de
Dios. Y le invitó a que rezaran juntos el Rosario.
— ¡No me hable de rosarios!
— Pero, ¿por qué? No hay una criatura más dulce y bondadosa que María…
El pobre hombre le contó su
historia. Unos veinte años atrás había sido soldado en la guerra. Antes
de salir de casa, su madre le había dado un rosario y le hizo que le
prometiera que lo llevaría siempre encima y lo rezaría diariamente. El
militar atendió aquel pedido durante un tiempo, pero no pudo resistir
las burlas de sus compañeros y al pasar por un bosque cercano a una
aldea tiró el rosario entre los arbustos.
Desde entonces la
conciencia le pesaba enormemente y no se sentía digno de rezar a la
Virgen, ni de mirar siquiera a una imagen suya.
El sacerdote y el médico se
miraron estupefactos. El lugar del que hablaba era la aldea de su
infancia y el rosario ¡el que se habían encontrado!
El padre Mario sacó un rosario de madera de su bolsillo y se lo entregó al enfermo, diciéndole:
— Pues mire, ¡aquí está su rosario!
Si María ha querido que le fuera devuelto, es porque quería manifestarle su perdón.
La fisonomía del enfermo se
iluminó. Entonces el sacerdote le contó la escena que ocurrió hacía
veinte años atrás y cómo su vocación se la debía a aquel rosario que
guardaba de recuerdo por la gracia recibida, y con el que rezaba todos
los días.
El doctor oía al padre
Mario, bañado en lágrimas. Dándose cuenta de lo mucho que se había
alejado de Dios, se preguntaba: “¿De qué sirve ser un gran profesional a
costa de dejar abandonada su propia alma?”.
Médico y paciente quisieron
confesarse y recuperar la paz. El viejo soldado en poco tiempo recibió
el alta y salió del hospital. Y el Dr. Alejandro y el P. Mario aún
trabajaron juntos durante muchos años, en plena armonía: uno curaba el
cuerpo y el otro llevaba la salud al alma.
sábado, 3 de septiembre de 2011
INVITACION CADENA DE ORACION
Hola a todos;
Yo
siempre me he considerado mariana pues en mi corazón hay un gran amor por
nuestra madre la Virgen María, ella siempre me ha demostrado su amor y
cuidados, y se cuando ella me llama, por este motivo yo cree este blog, en
honor a ella y para que todos sus hijos encontráramos un rayo de luz que nos
recuerde que nuestra madre esta con nosotros, son muchos los pedidos que llegan
al blog y yo soy feliz de ofrecerlos a nuestra mamita para que ella interceda
por nosotros.
Hace
unas semanas en mi corazón nació las ganas de investigar sobre María Rosa Mística,
siempre he sido devota de la Virgen de Fátima y siempre hago el rosario a
diario, para pedir por todos, y al terminar mi investigación me di cuenta que
lo que mas desea nuestra madre es que oremos, ella nos pide incasablemente que
hagamos oración y penitencia.
Por
este motivo compre la imagen de María Rosa Mística, se que la que compre no es
como la que pintan, pero fue esta imagen la que me transmitió amor y paz, y quiero
invitarlos a todos ustedes ha hacer una cadena de oración desde sus hogares a
la Rosa Mística, hagamos el rosario a ella y pidamos por nuestros hermanos,
para que encuentren el camino, por la salud de los enfermos y ofrezcamos esos
malos momentos que pasamos no importa lo pequeños que estos sean como
sacrificio a Dios nuestro señor.
No
olvidemos que nuestra madre ruega por nosotros, acompañémosla en su oración, abriéndole
nuestro corazón y de esta manera dejarnos guiar al corazón de nuestros señor
Jesucristo.
Si deseas puedes hacer la cadena de oración junto a toda tu familia, amigos y seres queridos.
Que Dios los bendiga y Nuestra Madre la Virgen Maria los guie en su vida diaria
martes, 30 de agosto de 2011
LA LEYENDA DEL ROSARIO DE PÉTALOS DE ROSAS
Las viejas crónicas de la Orden del Carmen cuentan una historia sencilla y emocionante a la vez.
Erase un Hermano lego, que se llamaba Joaquín; rudo y tosco como un roble de las montañas de Castilla, pero cándido y bueno como un trozo de pan. No tenía letras, ni su cabeza estaba ya en condiciones de aprenderlas, por lo que el Superior le encomendó guardar una punta de ganado que poseía el Monasterio; los demás Hermanos le miraban con compasión, pero Fr. Joaquín estaba muy a su gusto con el oficio, porque el campo le hablaba de Dios en el único lenguaje que él entendía.
Con esto dicho se está que Fr. Joaquín era un lego muy piadoso y bueno. Hasta se llegó a susurrar por el Monasterio que Fr. Joaquín veía a la Virgen en el campo y que Esta le cuidaba el ganado mientras él rezaba, porque en sus muchos años de pastor nunca había extraviado una res, ni el lobo voraz en los crudos días de invierno había hecho presa en ninguna de ellas. La historia no dice si estas visiones tuvieron lugar o no, pero afirma que efectivamente Fr. Joaquín era muy devoto de la Virgen y que todos los días le rezaba su rosario mientras conducía su hato al aprisco acogedor. Esto era para él una obligación sagrada, y nada ni nadie podía estorbar su cumplimiento.
Cierto día se le olvidó el rosario en el Monasterio. ¿Cómo rezar ahora su devoción favorita? El candoroso Hermano tuvo una idea original: a la vera de una ciénaga donde abrevaba el ganado, crecía un juncal; arrancó de un tirón unos juncos verdes y con ellos fue atando unas pedrezuelas de diez en diez que separó con un palito atravesado, y así improvisó un rosario con el que pudo cumplir con su devoción.
La Virgen se lo premió. Porque, cuenta la leyenda que al ir a cerrar su rebaño en el aprisco colgó este original rosario de la rama de un próximo enebro por si le necesitaba al día siguiente. Y cuando con la luz del día se acercó al enebro para descolgar su rosario, halló colgada en él una guirnalda de rosas blancas, separadas de diez en diez por una rosa encarnada.
Era el rosario de Fr. Joaquín.
La noticia se corrió por el Monasterio y se quiso perpetuar este regalo de la Virgen a su fiel devoto convirtiendo las rosas en cuentas de rosario. Esta historia, con sabor de leyenda medieval, es la que ha dado origen al rosario de pétalos de rosa de olor permanente hecho con las rosas más fragantes de Castilla y por procedimientos que se han venido transmitiendo en la Orden de generación en generación; fragantes rosas de Castilla, que el azul intenso de su cielo cobra y el clima duro de su suelo fija como ninguna otra región del mundo, que ahora se tornan oración viva a la más perfumada de las rosas, la Rosa Mística, la gloriosa Virgen María.
PP. Carmelitas de Burgos (España)
Erase un Hermano lego, que se llamaba Joaquín; rudo y tosco como un roble de las montañas de Castilla, pero cándido y bueno como un trozo de pan. No tenía letras, ni su cabeza estaba ya en condiciones de aprenderlas, por lo que el Superior le encomendó guardar una punta de ganado que poseía el Monasterio; los demás Hermanos le miraban con compasión, pero Fr. Joaquín estaba muy a su gusto con el oficio, porque el campo le hablaba de Dios en el único lenguaje que él entendía.
Con esto dicho se está que Fr. Joaquín era un lego muy piadoso y bueno. Hasta se llegó a susurrar por el Monasterio que Fr. Joaquín veía a la Virgen en el campo y que Esta le cuidaba el ganado mientras él rezaba, porque en sus muchos años de pastor nunca había extraviado una res, ni el lobo voraz en los crudos días de invierno había hecho presa en ninguna de ellas. La historia no dice si estas visiones tuvieron lugar o no, pero afirma que efectivamente Fr. Joaquín era muy devoto de la Virgen y que todos los días le rezaba su rosario mientras conducía su hato al aprisco acogedor. Esto era para él una obligación sagrada, y nada ni nadie podía estorbar su cumplimiento.
Cierto día se le olvidó el rosario en el Monasterio. ¿Cómo rezar ahora su devoción favorita? El candoroso Hermano tuvo una idea original: a la vera de una ciénaga donde abrevaba el ganado, crecía un juncal; arrancó de un tirón unos juncos verdes y con ellos fue atando unas pedrezuelas de diez en diez que separó con un palito atravesado, y así improvisó un rosario con el que pudo cumplir con su devoción.
La Virgen se lo premió. Porque, cuenta la leyenda que al ir a cerrar su rebaño en el aprisco colgó este original rosario de la rama de un próximo enebro por si le necesitaba al día siguiente. Y cuando con la luz del día se acercó al enebro para descolgar su rosario, halló colgada en él una guirnalda de rosas blancas, separadas de diez en diez por una rosa encarnada.
Era el rosario de Fr. Joaquín.
La noticia se corrió por el Monasterio y se quiso perpetuar este regalo de la Virgen a su fiel devoto convirtiendo las rosas en cuentas de rosario. Esta historia, con sabor de leyenda medieval, es la que ha dado origen al rosario de pétalos de rosa de olor permanente hecho con las rosas más fragantes de Castilla y por procedimientos que se han venido transmitiendo en la Orden de generación en generación; fragantes rosas de Castilla, que el azul intenso de su cielo cobra y el clima duro de su suelo fija como ninguna otra región del mundo, que ahora se tornan oración viva a la más perfumada de las rosas, la Rosa Mística, la gloriosa Virgen María.
PP. Carmelitas de Burgos (España)
viernes, 26 de agosto de 2011
NUESTRA SEÑORA DEL AMOR
Son muchos los que rezan y
tienen a María, como madre del Amor. Del amor más bello. Nuestra Señora
del amor hermoso. Pues, por su Hijo, y a semejanza suya, ha sido la
criatura que, con más y mejor ahínco, ha sabido amar. Jesús amó hasta el
extremo más inmenso, hasta dar su vida por nosotros; nos amó hasta la
muerte y ésta, de cruz. Y María nos dio, hasta el último momento de su
vida, la lección suprema del amor inmolado. El amor es donación y
servicio, entrega total. Y así fue su vida, entrega total, regalo e
inmolación a los demás.
Es aleccionante ver como hace de su vida un acto de amor continuo; al saber que su pariente Isabel, en su ancianidad, iba a tener un hijo, el Precursor de Aquel que llevaba en su seno, correr presurosa a prestar su ayuda; el Evangelio cuenta que salió muy deprisa, olvidándose de sí misma, en lugar de quedarse ensimismada tras el anuncio del ángel, dando gracias a Dios por su primera comunión, la primera del mundo. Es la primera lección que nos da a sus hijos; centra su enseñanza en que el bien, que hay hacerlo con prontitud, muy deprisa; enseña que Dios quiere amor, no liturgia, que Dios no quiere que los hombres suplamos nuestra carencia de amor con un culto farisaico y engañoso. La vida auténticamente religiosa debe expresarse en la atención cuidadosa a los hombres, pues la norma suprema del hombre, más si es religioso, no puede ser otra que el amor. Un amor sin límites, pues la medida del amor es amar sin medida. Amar a todo el mundo hasta olvidarse de uno mismo. El amor bien entendido comienza por los demás y termina por uno mismo. Amor sin ley, pues la única ley del amor es el amor mismo, hacer siempre lo que el amor demanda, pues obrando bajo el imperativo del amor, no habrá posibilidad de equivocarse nunca, ya que Dios, Grandeza Infinita, es amor, "el amor", y por tanto, cuando nos dejamos llevar por el amor, estamos siendo llevados por Dios.
María, por ese amor, fue llevada siempre. En lealtad absoluta, pues la lealtad pertenece a la esencia del amor. Amor es la palabra que define exactamente toda su realidad, todo su ser. La que más ha amado a Dios y a los hombres. La más amada por Dios; la eternamente amada en el Amado. La criatura que debe ser más amada por los hijos y las hijas del Amado. Ella enseña que la vida humana ni puede ni debe ser otra cosa que una relación de amor. Como relata el Cantar de los Cantares, el más bello cantar entre todos, el único, porque es un canto al amor, en el que la esposa -que somos todos nosotros-, de amor enloquecida, va tejiendo y destejiendo, trenzando y destrenzando el embriagante y maravilloso juego del amor con su esposo querido, que es el Amoroso Padre Celestial. Nada hay más fuerte que el amor, fuerte como la misma muerte, impulso radical que emerge irresistiblemente de la esencia profunda de nuestro ser sin que haya poder humano capaz de detenerlo. Porque, además, querer estrangularlo o detenerlo es atentar gravemente contra el derecho más fundamental del hombre, el derecho al amor. El hombre ha sido hecho para amar y para ser amado, en su esencia dada por Dios.
Hemos de amar a Dios, como lo amó la Señora del Amor, con todas las fuerzas del alma, y, con esas mismas fuerzas, tenemos que amar a todos los hombres. Ahí está la gran doctrina cristiana, una idolatría del hombre, pues de los hombres hace dioses; si no amamos a los hombres que vemos, no podemos amar a Dios al que no vemos. Sólo existe un mandamiento, el del amor; la señal inequívoca de que somos cristianos es que nos amamos los unos a los otros; al final de la vida nos van a examinar de amor, sólo de amor; por tanto, no vale la pena vivir, si no es amando, vivir para amar, pera estar continuamente en el amor; hay que hacer de todos los seres humanos una comunidad de amor; los cristianos son los locos de amor, se han entregado al amor, confían en el amor, se han confiado al amor. Por eso hemos adquirido el mayor compromiso, pues nada es capaz de comprometer como el amor. El amor lo sufre todo, lo aguanta todo, lo tolera todo, todo lo justifica en el amado. Si no tengo amor, no valgo absolutamente para nada, no soy nada; soy un ser sin sentido, címbalo que resuena.
A Dios no hay que temerlo, hay que amarlo; en el amor no puede haber temor y el que teme, no es perfecto en el amor. Dios es un padre amoroso que nos quiere con amores infinitos, al que nosotros debemos amar con la casi infinita capacidad de amor que Él nos ha regalado graciosamente por su simple amor, no por el nuestro que no necesita, pero lo quiere y nos lo tiene.
Te pedimos, Señora, que el amor nos penetre hasta el fondo del alma; que el Espíritu Santo, el amor substancial, el amor hecho persona, toque nuestro corazón con su palabra única: el amor. De este modo, podremos ir por el mundo sembrando de amor todos los caminos, para acabar con tantas malquerencias, tantos odios, tantas rivalidades y tantas incomprensiones, con el deseo incontenido de que formemos todos, como los primeros cristianos, una comunidad con un mismo corazón y unos mismos sentimientos. Ese amor que inunda y embriaga; que es paciente, que es servicial, que no se irrita ni se engríe. Ruega por nosotros para que vivamos el amor; la caridad que no pasa jamás. La caridad es eterna.
Es aleccionante ver como hace de su vida un acto de amor continuo; al saber que su pariente Isabel, en su ancianidad, iba a tener un hijo, el Precursor de Aquel que llevaba en su seno, correr presurosa a prestar su ayuda; el Evangelio cuenta que salió muy deprisa, olvidándose de sí misma, en lugar de quedarse ensimismada tras el anuncio del ángel, dando gracias a Dios por su primera comunión, la primera del mundo. Es la primera lección que nos da a sus hijos; centra su enseñanza en que el bien, que hay hacerlo con prontitud, muy deprisa; enseña que Dios quiere amor, no liturgia, que Dios no quiere que los hombres suplamos nuestra carencia de amor con un culto farisaico y engañoso. La vida auténticamente religiosa debe expresarse en la atención cuidadosa a los hombres, pues la norma suprema del hombre, más si es religioso, no puede ser otra que el amor. Un amor sin límites, pues la medida del amor es amar sin medida. Amar a todo el mundo hasta olvidarse de uno mismo. El amor bien entendido comienza por los demás y termina por uno mismo. Amor sin ley, pues la única ley del amor es el amor mismo, hacer siempre lo que el amor demanda, pues obrando bajo el imperativo del amor, no habrá posibilidad de equivocarse nunca, ya que Dios, Grandeza Infinita, es amor, "el amor", y por tanto, cuando nos dejamos llevar por el amor, estamos siendo llevados por Dios.
María, por ese amor, fue llevada siempre. En lealtad absoluta, pues la lealtad pertenece a la esencia del amor. Amor es la palabra que define exactamente toda su realidad, todo su ser. La que más ha amado a Dios y a los hombres. La más amada por Dios; la eternamente amada en el Amado. La criatura que debe ser más amada por los hijos y las hijas del Amado. Ella enseña que la vida humana ni puede ni debe ser otra cosa que una relación de amor. Como relata el Cantar de los Cantares, el más bello cantar entre todos, el único, porque es un canto al amor, en el que la esposa -que somos todos nosotros-, de amor enloquecida, va tejiendo y destejiendo, trenzando y destrenzando el embriagante y maravilloso juego del amor con su esposo querido, que es el Amoroso Padre Celestial. Nada hay más fuerte que el amor, fuerte como la misma muerte, impulso radical que emerge irresistiblemente de la esencia profunda de nuestro ser sin que haya poder humano capaz de detenerlo. Porque, además, querer estrangularlo o detenerlo es atentar gravemente contra el derecho más fundamental del hombre, el derecho al amor. El hombre ha sido hecho para amar y para ser amado, en su esencia dada por Dios.
Hemos de amar a Dios, como lo amó la Señora del Amor, con todas las fuerzas del alma, y, con esas mismas fuerzas, tenemos que amar a todos los hombres. Ahí está la gran doctrina cristiana, una idolatría del hombre, pues de los hombres hace dioses; si no amamos a los hombres que vemos, no podemos amar a Dios al que no vemos. Sólo existe un mandamiento, el del amor; la señal inequívoca de que somos cristianos es que nos amamos los unos a los otros; al final de la vida nos van a examinar de amor, sólo de amor; por tanto, no vale la pena vivir, si no es amando, vivir para amar, pera estar continuamente en el amor; hay que hacer de todos los seres humanos una comunidad de amor; los cristianos son los locos de amor, se han entregado al amor, confían en el amor, se han confiado al amor. Por eso hemos adquirido el mayor compromiso, pues nada es capaz de comprometer como el amor. El amor lo sufre todo, lo aguanta todo, lo tolera todo, todo lo justifica en el amado. Si no tengo amor, no valgo absolutamente para nada, no soy nada; soy un ser sin sentido, címbalo que resuena.
A Dios no hay que temerlo, hay que amarlo; en el amor no puede haber temor y el que teme, no es perfecto en el amor. Dios es un padre amoroso que nos quiere con amores infinitos, al que nosotros debemos amar con la casi infinita capacidad de amor que Él nos ha regalado graciosamente por su simple amor, no por el nuestro que no necesita, pero lo quiere y nos lo tiene.
Te pedimos, Señora, que el amor nos penetre hasta el fondo del alma; que el Espíritu Santo, el amor substancial, el amor hecho persona, toque nuestro corazón con su palabra única: el amor. De este modo, podremos ir por el mundo sembrando de amor todos los caminos, para acabar con tantas malquerencias, tantos odios, tantas rivalidades y tantas incomprensiones, con el deseo incontenido de que formemos todos, como los primeros cristianos, una comunidad con un mismo corazón y unos mismos sentimientos. Ese amor que inunda y embriaga; que es paciente, que es servicial, que no se irrita ni se engríe. Ruega por nosotros para que vivamos el amor; la caridad que no pasa jamás. La caridad es eterna.
sábado, 20 de agosto de 2011
DEVOCION DE LAS TRES AVEMARIAS
Sí, una; que por ser muy consoladora, voy a transcribir en toda su extensión:
"Declaró el
Señor a Santa Gertrudis que cuantas veces reza un cristiano
el Avemaría, otras tantas brotan del seno del Padre, del
Hijo y del Espíritu Santo tres impetuosos arroyuelos que
van a penetrar suavemente en el corazón de la Santísima
Virgen. Luego, saliendo de este mismo corazón, van a buscar
su origen, y estrellándose al pie del trono de Dios, cual
ola embravecida contra una roca, déjanla poderosísima,
según el Padre, sapientísima, según el Hijo,
y llena de amor y misericordia, según el Espíritu
Santo.
Mientras uno está
diciendo el Avemaría corren estos arroyuelos con grande
impetuosidad alrededor de la Santísima Virgen inundándola,
y vuelven a precipitarse enseguida sobre su Corazón santísimo.
Con maravillosa precipitación van a buscar primeramente
su origen y, retrocediendo después, se resuelven en gotas
brillantes de gozo, dicha y salvación eterna, y caen cual
lluvia benéfica sobre los Angeles y Santos y sobre los
que recitan entonces la salutación angélica; y
de este modo llegan a renovarse cada uno todos los bienes que
recibiera por medio de la Redención". (P. Faber: .Todo por Jesús,
cap. IV.)
También quiero apuntar
aquí otra no menos interesante.
Como Santa Matilde suplicase
a la Santísima Virgen que la asistiera en la hora de la
muerte, oyó que la benignísima Señora le
decía: "Sí que lo haré; pero quiero
que por tu parte me reces diariamente tres Avemarías.
La primera, pidiendo que así como Dios Padre me encumbró
a un trono de gloria sin igual, haciéndome la más
poderosa en el cielo y en la tierra, así también
yo te asista en la tierra para fortificarte y apartar de ti toda
potestad enemiga. Por la segunda Avemaría me pedirás
que así como el Hijo de Dios me llenó de sabiduría,
en tal extremo que tengo más conocimiento de la Santísima
Trinidad que todos los Santos, así te asista yo en el
trance de la muerte para llenar tu alma de las luces de la fe
y de la verdadera sabiduría, para que no la oscurezcan
las tinieblas del error e ignorancia. Por la tercera, pedirás
que así como el Espíritu Santo me ha llenado de
las dulzuras de su amor, y me ha hecho tan amable que después
de Dios soy la más dulce y misericordiosa, así
yo te asista en la muerte llenando tu alma de tal suavidad de
amor divino, que toda pena y amargura de muerte se cambie para
ti en delicias."
También se cuenta de
Santa Gertrudis que mientras cantaba una vez los maitines con
sus hermanas en la fiesta de la Anunciación, vio de pronto
en figuras sensibles a las Tres Personas de la Santísima
Trinidad, y que del corazón que cada una de ellas parecía
tener, salía un rayo que penetraba en el corazón
de la Bienaventurada Virgen María. Luego oyó una
voz que decía: "Después del Poder del Padre,
de la Sabiduría del Hijo y de la Misericordia del Espíritu
Santo, nada hay comparable al Poder, a la Sabiduría y
a la Misericordia de María."
Bien autorizada queda esta
devoción por las revelaciones y el ejemplo de gran número
de Santos que desde muy antiguo la vienen usando, seguros de
que prestaban un grato servicio a la Virgen rezando las Tres
Avemarías para honrar su Poder, su Sabiduría y
su Misericordia.
A mayor abundamiento, los Sumos
Pontífices, tan devotos de Nuestra Señora, han
autorizado con su ejemplo esta devoción y la han recomendado
a los fieles en la forma acostumbrada. Pío IX comenzó
a rezar las tres Avemarías después de la Misa en
su Capilla del Vaticano; León XIII mandó que se
extendiese esta práctica a toda la Iglesia. Además,
concedió doscientos días de indulgencias a todos
los que rezasen las tres Avemarías y añadiesen
esta jaculatoria: "Madre mía, libradme en este
dia (o en esta noche) de pecado mortal". Pío
X concedió trescientos días de indulgencias a los
que rezaren las tres Avemarías con esta otra jaculatoria:
"¡Oh María!, por vuestra Inmaculada Concepción,
purificad mi cuerpo y santificad mi alma."
Añadamos para completar
lo que venimos diciendo la autoridad de un teólogo tan
santo y esclarecido como San Alfonso María de Ligorio,
que ensalza y recomiendo de la manera más eficaz, y a
cada paso, en sus escritos la devoción de las Tres Avemarías;
y el ejemplo de un apóstol tan celoso de la salvación
de las almas como San Leonardo de Puerto Mauricio, que predicaba
constantemente las excelencias de esta piadosa práctica,
y no se cansaba de recomendaría a los confesores para
que éstos la inculcasen en sus penitentes como remedio
eficaz contra los vicios, señaladamente contra la impureza.
¿En
qué consiste la devoción de las Tres Avemarías?
En rezar tres veces el Avemaría
a la Santísima Virgen, Madre de Dios y Señora nuestra,
bien para honrarla, bien para alcanzar algún favor por
su mediación.
Honrar tres principales atributos
de María Santísima, a saber: el poder que le otorgó
Dios Padre, por ser su Hija predilecta; la sabiduría de
que la adornó Dios Hijo, al elegirla por su Madre; y la
misericordia de que la llenó Dios Espíritu Santo,
al escogerla por su inmaculada Esposa.
La afirmación católica
de que la Santísima Virgen poseyó, en el más
alto grado posible a una criatura, los atributos de poder, sabiduría
y misericordia.
Esto enseña la Iglesia
al invocar a María como Virgen Poderosa, Madre de Misericordia
y Trono de Sabiduría.
En rezar tres veces el Avemaría
durante nueve días. Como hemos indicado en su lugar, la
Santísima Virgen prometió a Santa Matilde asistirla
en la hora de la muerte si rezaba cada día en su honor
tres Avemarías para celebrar los atributos de Poder, Sabiduría
y Misericordia con que la enriqueció la Beatísirna
Trinidad.
Mas los devotos de María,
entendiendo con esto cuán de su agrado es este obsequio,
juzgaron que repitiéndolo durante nueve días, quizás
alcanzarían para sus necesidades el eficaz socorro de
su poderosa intercesión. Este es el origen de la Novena
eficaz de las Tres Avemarías.
Esas Tres Avemarías
son como otras tantas aldabadas que damos a las puertas del misericordioso
y compasivo corazón de Nuestra Señora; son como
tres aclamaciones angustiosas con que el alma implora su Poder,
Sabiduría y Misericordia para el remedio de las múltiples
necesidades que la aquejan.
Cuán del agrado de Nuestra
Señora sea este piadoso ejercicio, dicenlo muy elocuentemente
los muchos y diversos favores, tanto espirituales como materiales,
que cuentan haber alcanzado por semejante práctica las
personas que se han servido de ella para implorar la protección
de la Santísima Virgen.
Pero lo más consolador
son los beneficios espirituales que dispensa la Santísima
Virgen por medio de esta Novena. Diríamos que esa bendita
devoción es el anzuelo con que María Santísima
pesca innumerables almas para el cielo; muchas, ciertamente,
serán deudoras de su eterna felicidad en la gloria a la
eficacia de esa devota práctica.
Conversiones extraordinarias
de pecadores moribundos que se logró recibieran los últimos
Sacramentos, a lo que se resistían; jóvenes extraviados,
devueltos al camino del bien y al hogar, de donde los había
arrancado la perversión; niatrimnonios que han recuperado
el tesoro de la paz y unión, que hacia tiempo habían
perdido; almas atormentadas por los escrúpulos y otras
penas interiores, que recobraron la paz de conciencia y el sosiego
de su espíritu; en fin, devoto lector, que esta Novena
parece la panacea de todos los males, así del cuerpo como
del alma.
Si quieres convencerte de ello,
pruébalo; haz una Novena o varias para el remedio de tus
necesidades o las de tu familia; pero hazla con fe y confianza,
y purifica tu alma con una buena confesión; acude en los
trances apurados a este piadoso ejercicio, y no dudo de que experimentarás
su eficacia y encontrarás hartos motivos para ser devoto
de la Madre de Dios y admirarte de su benignidad, que a cambio
de tan corto servicio tan regaladas mercedes dispensa al que
se lo hace.
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