“Queridos
hijos, entréguenme su vida y abandónense completamente a mí para que pueda
ayudarlos a comprender mi amor materno y el amor de mi Hijo hacia ustedes. Hijos
míos, yo los amo inmensamente y en particular hoy, en el día de la Natividad de
mi Hijo, deseo recibir a cada uno de ustedes en mi Corazón y entregar sus vidas
a mi Hijo. Hijos míos, Jesús los ama y les concede la gracia de vivir en Su
misericordia, pero muchos de sus corazones han sido aprisionados por el pecado y
viven en las tinieblas. Por tanto, hijos míos, no esperen más, digan no al
pecado y entreguen sus corazones a mi Hijo, porque solamente así podrán vivir la
misericordia de Dios y, con Jesús en sus corazones, emprender el camino de la
salvación.”
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En la última aparición, octubre de 1917, la Virgen María dijo por fin su nombre: “Soy la Señora del Rosario”, y volvió a insistir en su recomendación: “Sigan rezando el rosario todos los días".
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